De víctima a superviviente III

Punto y final

Hoy retomo los artículos sobre mi experiencia con el maltrato para escribir el último de esta historia. Porque todo tiene una final, igual que esa mala experiencia que he compartido en el blog para vosotros y, en especial, para vosotras.

Ya os comenté que, al final, salí de esa mala y tóxica relación. ¿Cómo lo hice? Bueno, no fue fácil.

Intenté romper con él muchas veces, pero nunca me dejaba dejarle. De verdad. Pasaba de decir cosas como “voy a cambiar” a “hay otra persona; ¿quién es el otro?; dime quién es el otro”. Esas personas no escuchan. No atienden a razones. No importa que les digas que no hay otra persona, que le expliques que la relación simplemente no funciona, que te bases en ejemplos reiterados de lo mal que va la relación porque coño, ¡los tienes! Pero eso él no lo verá. Porque él se cree que no comete errores. Él piensa que la culpa de todo la tiene el mundo. No puede autocriticarse por algo que ha hecho mal, porque la autocrítica supondría ver lo auténtica mierda que es como persona.

Así que, los intentos de romper se quedaban en otras discusiones más que añadir al saco, con el incremento del malestar por parte de ambos: él sabía que quería dejarle, así que su odio era mucho más palpable. Porque aunque decía que me quería, me odiaba. Él no podía soportar que le diese lecciones, quizás por una mezcla entre su incapacidad de ver sus errores y porque, como mujer, me consideraba un ser inferior que solo servía para contentarle, hacerle la vida más fácil. Y claro, si le demostraba que quería romper con él, se la complicaba hasta el punto de volverle loco (más loco).  No podía aceptar que su relación había fracasado (y mucho menos por su culpa), así que se aferraba a lo que tenía para no soltarlo… y lo hacía de la única manera que sabía: por las malas.

En ese contexto, me concedieron una beca para ir a estudiar a Inglaterra durante un mes, viviendo con una familia de acogida. ¡Ay, este chico! Cuando le di la noticia, su respuesta fue: “no, no te vas”. “¿Cómo que no me voy? ¿Vas a impedirme aprovechar esta experiencia? ¿Quién eres tú para impedírmelo?. “Soy tu novio. No quiero que te vayas porque te quiero”.  Al final, siempre decía que me quería. Sieeeempre. Nunca un “te quiero” ha sonado más falso como con aquel individuo. Está claro que temía que me fuera porque, estando a tanta distancia, no podría controlarme… ¡Podría escaparme de entre sus dedos! Y eso él no lo iba a permitir.

En realidad, la experiencia de irme me daba miedo. Tenía mucha inseguridad y poca confianza en mí misma, pero en parte, el empujón definitivo que me animó a aprovechar la beca fue, precisamente, alejarme de él.

Así que no le hice caso y me fui a regañadientes suyo.

Estando en Inglaterra no tenía forma de comunicarme con mis seres queridos a menos que estuviese en casa, donde mediante el wifi podía contactar a través de Skype o Facebook. Así que, hasta que no regresaba a casa, estaba incomunicada.

Cuando llegaba, tenía que hablar con muchas personas, pero él no podía soportar no ser el único con quien hablase: “Te veo conectada; ¿con quién estás hablando?; llámame”. Al final, llegó un día que, mediante chat, le hablé de unos pantalones nuevos que me había comprado… y me respondió: “¿has cambiado de estilo?” Esa pregunta me pareció muy rara, porque, ¿desde cuándo él entendía de estilo? Así que en seguida me di cuenta de que al otro lado no estaba él, sino una amiga suya. Había estado hablando con ella todo el tiempo, con el objetivo de sonsacarme algo que pudiese estar guardándome, haciéndose pasar por él. Eso ya me cabreó tanto que decidí poner punto y final. Aproveché la distancia para poder simplemente ignorarle si se encabezonaba con que no le podía dejar. Y a pesar de ello, fue complicadísimo. Primero fue escrito. Luego me llamaron (los dos, sí, él y su amiga) para convencerme de que lo que estaba haciendo era una insensatez. Luego llegaron las amenazas con lo que me pasaría cuando volviese.

Después me llamó por teléfono su madre (la madre de él), y para mi sorpresa, estaba a mi favor. Me dijo que tuviese cuidado al volver a España, que su hijo era peligroso y que no me fiase de nadie nuevo que conociese, porque podría ser algún amigo de su hijo “enviado” para saber cosas sobre mí. SU MADRE.

Volví a Valencia muerta de miedo por si me estaba esperando en el aeropuerto. Afortunadamente no fue así. Seguí con el miedo hasta que llegué a casa. Tampoco estaba allí. Y seguí con el miedo… Miedo a que me estuviese esperando en mi puerta, miedo a encontrármelo donde fuera. Pasé todo el verano sin salir sola a la calle. Solo en Septiembre, cuando empecé la universidad, tuve que armarme de valor para hacerlo sola.

La universidad me ayudó mucho. Hice nuevos amigos y tenía la cabeza entretenida en otras cosas. Pero el miedo lo seguí teniendo: miedo de encontrármelo en el metro, en el supermercado, en un bar, en una discoteca, en la simple calle.

Y realmente el miedo nunca se va.

Las heridas cicatrizan, sí, pero en estos casos se queda una cicatriz muy grande. Estas experiencias no pasan y se olvidan. Penetran en nuestro ser, para bien y para mal.

Lo positivo es que cambias, creces, maduras. Lo negativo es ese miedo que te queda, esa sensación de inseguridad. Con los años ese miedo se va perdiendo, pero nunca del todo.

Por eso es necesario que haya empatía hacia las víctimas. Nunca digas: “tendrías que tenerlo superado”, “hace mucho de aquello” o “eres una exagerada”, porque a la víctima le va a sentar como una patada donde más duele y, la verdad, no ayuda en absoluto.

Animo a todas las mujeres y a todos los hombres a implicarse para que estas situaciones dejen de pasar. Que identifiquemos rápido al maltratador, que podamos ayudarnos para salir del agujero, que el maltrato sea visto como una realidad en la que los golpes solo son la punta del iceberg.

Yo salí. Tú también puedes.

2017-05-17T13:12:31+00:00 Mayo 11th, 2017|Etiquetas: , , , , , |3 Comentarios

3 Comentarios

  1. Momar 16 Mayo, 2017 en 10:56 pm - Responder

    Tremendo lo identificado que me he sentido. De hecho me ha servido para terminar de ver que realmente fue algo sistemático, algo de lo que nunca quería admitir. Mi empujón para dejarla definitivamente fue que nos agredió físicamente a mi (por primera y única vez) y a la novia del hasta ese momento su mejor amigo. Ha pasado ya un año, lo tengo superado, pero como dices sigo teniendo pánico de cruzarme con ella por la calle.

  2. Christine 7 Julio, 2017 en 2:37 pm - Responder

    Yo tuve la grandísima suerte de que otra se cruzara en su camino. Una chica más dócil, más insegura y menos llamativa. Ella daría menos quebraderos de cabeza y no estaría en el punto de mira de tantos. Ella me dió la libertad y la tranquilidad para poder superar el “Si me dejas le mato a él delante tuyo”. No sé nada de ella pero espero que esté bien.

    • Alba Garbín 7 Julio, 2017 en 3:08 pm - Responder

      Tu testimonio me deja de piedra… Ojalá ella también haya podido salir de ese agujero…

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